Sophie Jodoin

A vueltas con el chiste de ayer de Vincent y el comentario histórico que dejó José Luis, he recordado este texto que Mar –gracias, maja– me mandó hace algún tiempo capturado en la red y del que, como siempre, me apropio reescribiéndolo para vosotros.

 “EL EXTRAÑO”

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

«Unos cuantos años después de que yo naciera, mi padre conoció a un extraño recién llegado a nuestra pequeña población.

Desde el principio, mi padre quedó fascinado con este encantador personaje y enseguida lo invitó a que viniera a casa. Sin embargo, su encanto era tal que, casi sin conocerle, todos estuvimos de acuerdo en que una visita no era suficiente y terminamos invitándole a vivir como uno más de la familia. El extraño aceptó y desde entonces ha estado con nosotros.

Mientras yo crecía, nunca me cuestioné cuál era su lugar en mi familia. Pero yo lo tuve desde el principio en un lugar muy especial. Mis padres eran importantes­ –mi madre me enseñó lo que era bueno y lo que era malo y mi padre me enseñó a obedecer–, pero el extraño era nuestro narrador. Mis padres nos enseñaron qué era la vida, pero el extraño nos la contaba, nos la mostraba, nos mantenía hechizados durante horas con aventuras, misterios y comedias; siempre tenía respuesta para cualquier cosa que quisiéramos saber de política, historia o ciencia; nos hablaba del pasado, del presente y hasta nos hacía imaginar cómo sería el futuro.  Me llevó a mi primer partido de fútbol. Me hacía reír y me hacía llorar.

Mi padre dirigía nuestro hogar con ciertas convicciones morales, pero el
extraño nunca se sintió obligado a seguirlas, sino que tenía las suyas propias, que consistían básicamente en no tener ninguna. Los tacos, por ejemplo, no se permitían en nuestra casa, ni por parte nuestra, ni de nuestros amigos o de cualquiera que nos visitase, sin embargo, nuestro visitante hablaba como le daba la gana delante de todos nosotros provocando muchas veces situaciones incómodas para mis padres y para nosotros. También hablaba libremente –quizás demasiado– sobre sexo. Sus comentarios solían ser a veces atractivos, otras sugestivos, muchas veces procaces y vergonzosos y casi siempre banales.

Sin darnos cuenta, su presencia, al principio fascinante, se fue convirtiendo en una rutina en la que todas las cosas que antes hacíamos cuando él no estaba, habían desaparecido. No había manera de estar en el salón, su cuarto preferido, sin que desbaratase cualquier intento de encuentro personal. Llenaba todo nuestro tiempo, nunca paraba de hablar, monopolizaba todas nuestras conversaciones.

A nosotros no nos importaba. A mi padre, tampoco. Cansado del trabajo, la presencia del extraño le sumía en un callado sopor. Mi madre, en cambio, no tenía la misma actitud: en ocasiones, se iba a la cocina para tener paz y tranquilidad; otras veces trataba de meter baza y llamar nuestra atención, sin demasiado éxito. Ahora me pregunto si no hubo algún momento en el que se arrepintió claramente de haber recibido a aquel invitado y de si no rogaría  alguna vez para que, de algún modo, el extraño se fuera.

Han pasado más de cincuenta años desde que el extraño se mudó con nuestra familia. Desde entonces, a pesar de que ya no es tan fascinante como al principio, ha extendido su presencia por toda la casa.

Ahora sé que mi manera de relacionarme con los demás y conmigo mismo, están muy relacionadas con la influencia que el extraño visitante ha tenido en mi vida desde la niñez en que le conocí.

¿Su nombre?
Nosotros lo llamamos Televisor.»

PD: dicen que desde hace un tiempo, el extraño comparte nuestro tiempo con un par de amigos que también visten pantalla y que afirman llamarse Ordenador y Móvil. Y, como dice José Luis en su comentario,»hoy El Extraño y sus dos amigos de última hora ya nos son los invitados, sino los anfitriones, es decir, los dueños. Y nosotros somos ahora  los extraños» o los extrañados. Es lo que pasa por ceder nuestro «sitio» y nuestro» tiempo» a aquello que no es digno de ocuparlo. Y sin sitio, ni tiempo…, no somos nada. Entonces, no siendo nada, ¿qué vamos a compartir?, ¿cómo vamos a convivir?».

Hoy el viejo invitado y sus dos amigos de última hora ya no son los invitados sino los anfitriones, o sea, los dueños. Y nosotros, “los extraños”. Es lo que pasa por ceder “nuestro sitio” y “nuestro tiempo” a aquello que no es digno de ocuparlo. Y sin sitio ni tiempo… no somos nada. Entonces, no siendo nada: ¿Qué vamos a compartir? ¿Cómo vamos a convivir? … – See more at: https://www.usuariosdelosmedios.es/sin-categoria/el-extrano/#comments
Hoy el viejo invitado y sus dos amigos de última hora ya no son los invitados sino los anfitriones, o sea, los dueños. Y nosotros, “los extraños”. Es lo que pasa por ceder “nuestro sitio” y “nuestro tiempo” a aquello que no es digno de ocuparlo. Y sin sitio ni tiempo… no somos nada. Entonces, no siendo nada: ¿Qué vamos a compartir? ¿Cómo vamos a convivir? … – See more at: https://www.usuariosdelosmedios.es/sin-categoria/el-extrano/#comments