As falhas da democracia - Texto Mensagem Artigo - RONAUD.com

 

Ya nos advirtió Chomsky que «la cachiporra es a la dictadura lo que la propaganda es a la democracia». Así es. Con el poder de la fuerza, los gobiernos autoritarios amordazan y amedrentan a sus ciudadanos mediante la pasividad del miedo. Con el poder de la propaganda, los gobiernos de las modernas democracias manipulan y adormecen a sus votantes sumiéndoles en la pasividad del conformismo y la mentira.

Los mítines políticos se programan cuidadosamente coincidiendo con el horario de los telediarios buscando exclusivamente dos minutos del líder en la exposición mediática del directo televisivo. Las instituciones democráticas como el parlamento español en una sesión de control al gobierno se quedan vacías, sin la presencia del gobierno y la ausencia de la oposición, cuando no hay cámaras que conviertan el acto político en mensaje mediático. El Parlamento se vacía porque ya no hay nada que decir. De nuevo sólo importa mostrar.

La política se ha convertido en un negocio de marcas. La marca Zapatero se pasea por el mundo en busca de un lugar en la foto, en busca de una imagen, aunque detrás de ella no haya discurso alguno porque la imagen se ha convertido en el único discurso posible porque ya no hay discurso. Estoy y se me ve, luego existo. Un hueco en las plataformas internacionales es un hueco en los medios no para el país, sino para la marca España. Ser líder político se asimila al liderazgo de audiencia. Marca Zapatero. Marca España. La foto de las Azores es una imagen que sustituye al discurso. Zapatero sonreía ayer en las portadas junto a Shakira. No a la guerra es un slogan y no un discurso. Poco importa que después, como cuenta Gervasio Sánchez, el gobierno del no a la guerra duplique en cuatro años, el volumen de la venta de armas made in Spain porque eso no sale en la foto.

George W. Bush se gastó 188 millones de dólares en la publicidad con la que consiguió su última victoria electoral. El candidato Obama ha batido todos los records con 230 millones invertidos ―que no gastados― a lo largos de la actual campaña; de ellos, tres millones de dólares en comprar un espacio publicitario en el prime time televisivo de las tres principales cadenas norteamericanas sabiendo que ya no es la razón ni las razones las que consiguen inclinar la balanza de los indecisos, sino las emociones de una composición audiovisual cuidadosamente elaborada por los magos del marketing.

Lo más notable es que, entretanto, periodistas, tertulianos, ciudadanos, seguimos representando nuestros papeles en la pantomima democrática haciéndonos la ilusión de que podemos intervenir en los acontecimientos de la historia cuando, en realidad, nos hallamos dormidos soñando que estamos despiertos, en una especie de Matrix virtual mientras el juego de verdad se desarrolla en otra parte.

Contra la fuerza es fácil rebelarse, porque la fuerza es tan obvia como su reacción: la rebeldía. Golpeamos contra la fuerza y encontramos resistencia, dolor e incluso muerte. Ante la propaganda se diluye la oposición como un azucarillo en la transparencia invisible de las peceras electrónicas de los televisores. Golpeamos contra la propaganda y nuestros puños atraviesan el cuerpo translúcido de un fantasma y nos quedamos golpeando el aire instalados en la melancolía de la anónima frustración.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.