Estamos justo a la mitad del ensayo ―de la montaña, diría Baricco― y a punto de entrar en el núcleo duro de esta tela de araña circular a la que poco a poco hemos sido conducidos amablemente por el autor: la creación y la pérdida del alma.

Primero nos va a recordar que estas espiritualidades no son estrictamente religiosas: nos habla de conquistas humanas y construcciones culturales que, igual que se construyeron se pueden destruir…

… si había un lugar, …más elevado, noble y profundo, el bárbaro acaba vaciándolo (pág. 121)

Es justo ahí donde se encuentra el rasgo potencialmente más fascinante …. El bárbaro no pierde el alma por azar, o por ligereza, o por un error de cálculo, o por una simple miseria intelectual: es que está intentando prescindir de ella.

Pero cuando decimos «alma», estamos hablando de: La idea de que el hombre tiene en sí mismo una dimensión espiritual (no religiosa, espiritual) [Fijémonos en esta primera distinción que intenta situarnos en la posibilidad de la inmaterialidad laica] capaz de elevarlo por encima de su naturaleza puramente animal. … ¿de dónde procede? (pág. 122)

Para Baricco no ha existido siempre: ni en la Ilíada ni en Dante encontramos esta espiritualidad de la que habla. En los griegos no hay todavía Dios, hay dioses y héroes. En La Divina Comedia sólo hay Dios. Ni en uno ni en otro el hombre ha madurado para conquistar esa dimensión espiritual por sí mismo. No se ha hecho laico y no ha inventado aún el alma laica compuesta de música clásica, lecturas cultas y vinos exquisitos.

Si en lugar de ir a ver a Fausto, el diablo hubiera ido a ver a Aquiles, … este no hubiera sabido qué darle. No tenía nada para darle. En la Divina Comedia hay un único protagonista: y no es el hombre.

[Es con el] Humanismo cuando una élite intelectual comenzó a imaginar que el hombre llevaba en su seno un horizonte espiritual que no era atribuible, simplemente a su fe religiosa. … la idea de una dimensión espiritual de carácter laico. (pág. 123)

El alma …. Ha sido inventada recientemente. Es un título de la burguesía del siglo XIX. Fueron ellos los que hicieron que llegara a convertirse en dominio común la certeza de que el ser humano guarda, en su interior, el aliento de una reverberación espiritual, y de que custodia, también en su interior, la lejanía de un horizonte más elevado y noble. (pág. 124) [… «la invención de la espiritualidad», dice más abajo. No es una idea original. M. Foucault afirmó coherentemente con su materialismo cientifista que «el hombre es un invento del siglo XVIII».].

Si a un bárbaro le preguntáis qué se ha hecho del alma, no comprende la pregunta. (pág. 125)

Insisto en que Baricco no habla de Dios. Creo que considera evidente que los bárbaros a Dios ni se lo plantean. Es más: da igual que se lo planteen o no porque sólo vivirán experiencias superficiales de Dios: New Age, etc.… Ni lo niega ―incluso más adelante deja un margen a su posibilidad (vid .págs. 130 y 141) ― ni lo afirma. No lo necesita para su análisis. Él es consecuente con su patente materialismo de izquierdas, desde el que lo espiritual es una conquista exclusivamente humana.

Lo que tendríamos que pensar es si nosotros, los creyentes, nos lo tendríamos que plantear: intuyo que no. Que tampoco. Dios queda fuera de esto porque no es el problema la pérdida de Dios, sino la pérdida de una naturaleza que nos permite llegar a Dios. Me pregunto incluso si el creyente no ha confundido demasiado a Dios con la espiritualidad de la que habla Baricco, alejándose así de Dios.

No tenemos otro instrumento de comunicación con lo divino que nuestra naturaleza y, repito, lo que sí está en juego aquí no es Dios, sino nuestra posibilidad de llegar a Él a través de los cauces de conocimiento y experiencia que nos son propios y que son los que desaparecen en la mutación que dibuja Baricco.

Sin duda, ese concepto de alma, como el materialismo que lo sustenta, es un claro antecedente de la barbarie.

Permítaseme una cita de Antonio Ruiz Retegui ( Pulchrum, reflexiones sobre la Belleza desde la Antropología Cristiana, Rialp, Madrid, 1998) «Sólo si se reconoce el mundo como es en sí mismo, es decir, configurado por Dios creador y, en consecuencia, no configurado por la mirada o el poder humanos, en suma, sólo si el hombre es capaz de contemplar la verdad de las cosas, podrá sentirse acogido y seguro, en un hogar.

Si el conocimiento fuera solamente hipotético, si no se pudiera conocer lo que las cosas son en sí mismas, entonces la conducta quedaría desorientada, sin que la realidad pudiera guiarla. Toda la realidad quedaría reducida a un cúmulo de materias primas ofrecidas al dominio incondicionado del hombre científico y técnico, y entonces en el mundo no se reconocerían más significados que los que el hombre mismo hubiera puesto en él. Esto significa, como agudamente reconoció Hobbes, que el hombre sería un extraño en el mundo, pues el mundo le sería incognoscible. Gran parte de los desajustes psicológicos del hombre moderno proceden, sin duda, del hecho de que, para no sentirse condicionado, ni culpable, ha eliminado todas las interpelaciones que le venían de la realidad. Pero eliminar estas interpelaciones significa eliminar la realidad en cuanto realidad» Es decir: la mutación de Baricco.

De ahí la tragedia que expresa el ya citado epígrafe de McCarthy que aletea como pájaro de mal agüero por todo el libro:

«Creía que nunca conocería a una persona así y eso me hizo pensar si el chico no sería una nueva clase de ser humano». «Era de trato fácil. Me llamaba sheriff. Pero yo no sabía qué decirle. ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma? ¿Qué sentido tiene decirle nada? Pensé mucho en ello. Pero él no era nada comparado con lo que estaba por venir».

Cormac McCarthy, No es país para viejos.

Usen de las pantallas, no las consuman o serán consumidos por ellas.